He vivido todo el tiempo, desde que soy veterinaria, enfrentándome a la partida de gatos y perros. Suelo decirles a mis clientes que la gratitud es el mejor consuelo que existe a la hora de despedir a sus mascotas. Hace un poco más de un mes me tocó a mi…

Agustín y yo fuimos los mejores amigos. El, lleno de resabios y yo, cumpliendo cada una de sus peticiones sin reproches ni reclamos. Vivimos 6 años y medio, juntos. El uno para el otro. Una relación imposible de describir con palabras. Sólo quienes pudieron verla de cerca pueden entender lo que había allí. Hablábamos un lenguaje sin palabras que tan solo se resumía en amor.

El día que decidí adoptar a Agustín iba por un gato negro. Le había pedido a Gabriel que tuviéramos un hijo, y como respuesta inmediata tuve la oportunidad de elegir un gato que acompañara a Vodka, mi gata mayor. Como el lugar donde podía adoptar un gato negro estaba cerrado, y yo soy bastante insistente, no quise esperar. Fuimos a una veterinaria donde había cuatro gatos en adopción.

Estaban en una jaulita, cada uno con una cinta de colores en el cuello. Tres de los cuatro gatos maullaban desesperadamente en la puerta de la jaula como una llamada de auxilio. Pero a mi me llamó la atención el gato que, con su cinta azulita amarrada en el cuello, miraba aletargado hacia la pared, como si hubiera sido castigado y enviado a la esquina. Era blanco y negro. Tenía pequitas negras en la nariz. El pelo no estaba en las mejores condiciones. Sin dudarlo decidí que él sería mi nueva compañía.

Gabriel me pidió que eligiera otro. Los otros tres eran más bonitos y parecían ser más divertidos. Pero yo sabía que el que había elegido tenía que irse con nosotros o sino nadie iba a adoptarlo.

Lo llevé a casa y se lo presenté a Vodka. Adaptarlos no fue difícil. Agustín y Vodka siempre fueron grandes amigos. Vodka le enseñó a Agustín a tomar agua de la llave. Jugaban todo el tiempo sobre la hamaca y aprendieron a conseguir todo entre los dos.

Agustín durmió en mi hombro desde el primer día. Se acurrucaba muy pegadito a mi cuello y, al haber sido destetado antes de tiempo, decidió que mi oreja sería su chupo para quedarse dormido.

Con el tiempo, Agustín se convirtió en un gato hermoso (contrario a lo que todos creían que iba a ser). Tenía una mancha grande en forma de corazón que definía lo que el y yo teníamos. Era gigante. Sus más de seis kilos lo hacían ver imponente y varonil. Su naricita se convirtió en otro gran corazón negro y las pequitas las dejó de recuerdo en un par de fotos.

Aprendí a dormir con un «bulto» peludo y pesado en mi cabeza y a tener mi cabello metido en una gran boca rosadita llena de babas. Así dormía él. Se comía mi cabello noche tras noche para quedarse dormido. Y también me enseñó a dormir. No existió una sola noche en que él y yo no tuviéramos un «romance».

El amor puede experimentarse todo el tiempo. Es lo que nos mantiene vivos. Pero experimentar el amor en un gato es otra historia. «Titis», como lo llamaba cariñosamente, me amaba con fervor. Esos ojos amarillos brillantes me decían todo el tiempo cuánto me amaba. Se paraba inmóvil al frente mio, me miraba fijamente y, de repente, empezaba a babearse. Un sólo parpadeo mío como respuesta desataba en él un «ataque» de caricias, besos y abrazos que me inundaban de cariño.

Donde estaba yo, estaba el. Día tras día y noche tras noche. Cuando quedé embarazada la partera me pidió que lo alejara un poco en las noches para que fuera acostumbrandose a dormir en otro lugar. Como era tan celoso, a ella le daba miedo que al llegar el bebé, Agustín pudiera deprimirse.

Traté de hacerlo una noche y fue imposible. Entonces, decidí hablar con él. -Titis, pronto va a llegar un bebito-. Probablemente, cuando él esté tengamos que re-acomodar nuestras posiciones en la cama-. Él me miraba fijamente. -Qué te parece si dormimos juntos todo este tiempo y cuando el bebé llegue tu no te pones celoso?- Agustín parpadeó suavemente, se agarró de mi cuello y continuó ronrroneando. Asumí que el acuerdo estaba hecho.

Estuve durante 20 días en 5 de dilatación. Fueron dias difíciles donde no pude dormir, me costaba mucho moverme y cada tanto tenia contracciones. Agustín siempre estuvo ahí. Sentía que me apoyaba. Todas las noches, sin falta, se acostaba como siempre en mi cabeza y ronrroneaba y masajeaba mis hombros tratando de hacerme descansar.

Una noche lo logró. Pude descansar toda la noche. Al día siguiente me desperté feliz. El estaba acostado conmigo, abrazándome. Sentía que sabía que había logrado su propósito. Recuerdo que le agradecí con un montón de besos y abrazos.

En la tarde, salimos a buscar a una de mis gatas que se había quedado subida en un árbol. Él nos acompañó. De pronto, me di vuelta y lo vi sentado en la rama de un árbol, filosofando. Lo miré dulcemente y me sentí feliz. Seguí caminando hacia mi casa.

Minutos después, el grito de Gabriel me paralizó. Cuatro perros salvajes atacaron a Agustín en un abrir y cerrar de ojos. Dañaron su columna vertebral.

Camino a la clínica, esos ojitos me miraban tranquilamente. Sabía que Agustín quería irse. Supe que era el momento de despedirme. Entonces recordé lo que siempre les digo a mis clientes: G R A T I T U D .

Y le agradecí. Le agradecí su compañía, su amor, su incondicionalidad, su paciencia, su terquedad, su cariño, su lealtad. Le agradecí toda la alegría que trajo a mi vida, la buena noche que me había hecho pasar y lo despedí. Traté de hacerlo con calma. No quería que se diera cuenta que tenía el corazón en mil pedazos.

Le pusieron la eutanasia a las 8 de la noche. Estar del otro lado es tan difícil. Le pedí con todo mi corazón que mandara al universo una señal, que me mandara a mi hijo con bien, que se acabaran esos días de «pre-parto» y que hiciera que valiera la pena su partida.

Al día siguiente, a las 2 de la tarde, rompí fuente.

Ya ha pasado un mes y 8 días. Día tras día pienso en él. He sacado conclusiones que me tranquilizan el alma. Siento que gracias a Agustín llegó mi hijo. Cuando lo adopté lo hice porque quería un bebé y, ahora que ya iba a llegar, probablemente su misión terminaba. Los acuerdos que hicimos durante mi embarazo definitivamente Titis supo cumplirlos. Y ahora, en las noches, cuando duermo con mi hijo, de repente me acaricia la cara y yo, extrañamente siento que Agustin me está dando las buenas noches.


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